UNA PEQUEÑA RENOVACIÓN DEL TEATRO INFANTIL COMERCIAL

 

En los festivales de teatro infantil y juvenil podemos apreciar la riqueza, variedad e imaginación de algunas propuestas escénicas para los más pequeños, que normalmente llegan de grupos extranjeros. En España también hay casos aislados interesantes, pero esa no es la media, ni mucho menos lo que aprecia el público, quizás porque no es tan fácil conjugar calidad, innovación y comercialidad.

 

Si miramos levemente hacia atrás, y observamos la programación del fin de semana de los escenarios más populares, nos daremos cuenta de que los títulos familiares se pueden reducir a tres tendencias, que se repiten temporada tras temporada: los llamados cantajuegos, o espectáculos de canciones populares y bailes, como si fuese un fin de fiesta; las obras que recrean con mayor o menor fortuna los personajes populares de los cuentos, tipo Caperucita, El gato con Botas o los cabritillos, que se mueven entre las ocurrencias y las cancioncillas; y los montajes basados en los personajes de la televisión, ya sea Bob Esponja, Pocoyó o La abeja Maya. Y lo más curioso es que esa debe ser la fórmula para triunfar, ya que son estos espectáculos (a los que no se les puede llamar obras de teatro) los que llenan las salas comerciales, mientras que las obras que se aparten de estas líneas lo tienen difícil para atraer al público.

 

Ha habido intentos privados (no hablo del teatro público) y han fracasado casi todos. Pero hay que renovarse. Eso es lo que nos hemos propuesto nosotros con ‘La casa de los esqueletos asustados’. Que lo hayamos conseguido o no, es otra cuestión, y que acuda el público es, ¡ay!, un riesgo que hemos de asumir.

No he de negar que contábamos con una ventaja previa, que sería como la red ante el salto mortal: la obra está protagonizada por Álvaro, Belén, Cris y David, los personajes de Los Sin Miedo, que posiblemente sea la serie de misterio más leída por los niños españoles, en la línea de Los Cinco de Enid Blyton o, incluso, de los dibujos de Scooby-Doo.

De hecho, ‘La casa de los esqueletos asustados’ es una aventura que podían haber vivido Vilma, Daphne, Shaggy y Fred sin que el espectáculo chirriase, ya que en esta historia nos encontramos con un esqueleto y una esqueleta, un fantasma que no lo es, un tesoro muy singular, una casa solitaria que parece abandonada…. Y una intriga creciente, un misterio de principio a fin que hay que resolver.

 

Pero tiene novedades: la más importante es el texto. Esta obra, así como la anterior que escribí para la escena infantil, reivindican el texto como una parte esencial de la obra, de ahí que el nombre del autor figure en lugar destacado. No es un vanidad, es una apuesta. En la mayoría de las obras familiares no sabemos quién ha escrito el texto, y muchas veces resulta más piadoso ignorarlo. ‘La casa de los esqueletos asustados’ se ha publicado en Edebé, acompañando a la primera aventura de estos personajes, lo que quiere decir que es un texto literario que se puede leer en sí mismo al margen de su representación.

 

Nuestra segunda apuesta fue el director. Elegimos a uno de los hombres de teatro (actor, autor, profesor, director) con más futuro del panorama español: Carlos Silveira, nominada al Max al mejor espectáculo revelación en el año 2011, y que tenía experiencia en todas las facetas dramáticas, salvo en el teatro familiar. En este sentido, Carlos Silveira ha abordado el montaje de Los Sin Miedo como un reto y un paso más en su amplia y brillante carrera, aunque lo que le animó a meterse de cabeza en este proyecto fue el buen ambiente que, desde un principio, se creó entre todos los que hemos llevado a cabo este proyecto, desde los actores a los técnicos. Todos ellos han creído desde el principio en la obra y han luchado día a día, y han puesto lo mejor de sí, para que este espectáculo salga adelante y –si es posible- se convierta en un éxito.

 

Y el tercer punto importante, y desacostumbrado, es la edad a la que va dirigido ‘La casa de los esqueletos asustados’. Si la serie de libros de Los Sin Miedo es leida, normalmente, por niños entre 9 y 14 años, la obra teatral está destinada, en principio, a espectadores entre 6 y 12 años, y por supuesto, adultos. Esta es una franja de edad muy desasistida teatralmente, y que es necesario recuperar para que no se produzca un salto en el vacío y que la posible afición de los primeros años se vaya asentando de forma natural.

 

Posiblemente, en este artículo, tenia que haber hablado sobre la renovación del teatro infantil comercial, pero como no soy un experto en el tema, me he deslizado hacia la experiencia personal. Hay una idea, sin embargo, que quiero dejar muy clara y no me importa repetirla. En el teatro habría que hacer lo que no se hace en la Universidad española: los mejores profesores deberían dar clase en los primeros cursos, no en los últimos. Es cuando más se los necesita. En la escena sucede lo mismo: el mejor teatro se debería ofrecer a los niños y a los jóvenes. Es entonces cuando se están formando y según el recuerdo, costumbre y experiencia que tengan a esa edad, lograremos o no, arrastrarlos a las salas, crear espectadores adultos.

José María Plaza

 

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