La corrupción, la inestabilidad e injusticias sociales actuales nos traen la reflexión acerca  del sentido de la defensa de los valores y principios.

La obra pretende reflejar la dificultad y la importancia de la perseverancia y la adhesión fiel a las convicciones, a los ideales, los cuales pueden llegar a tambalearse por las presiones a las que nos somete el medio en que vivimos, a través de unos personajes del siglo III a quienes pintó El Greco y de la propia obra del inmortal pintor.

Ambas historias enlazadas pretenden ser un eco, através del tiempo, de las dificultades de las personas que vivimos esta etapa convulsa y desequilibrada.

En la cúspide del poder de un Imperio que parecía que duraría para siempre, pero que desapareció al poco tiempo. El Greco llevó acabo una apuesta ,en la que pocos creyeron pero que hoy tiene alcance universal,al abrir un camino original que lo convierte en precursor del arte contemporáneo .Aquel griego en tierra extranjera fue quien mejor reflejó el alma de la sociedad española de aquella época. El Greco es el artista del sentimiento y del deseo,  revelando de manera nunca  igualada lo más íntimo de la personalidad  de sus figuras a  través de su intenso color.

En la conmemoración  por  el  400  aniversario  de su muerte, la obra  aquí presentada es un homenaje al pintor, una  figura  universalmente reconocida, redescubierta   por los impresionistas a finales del S.XIX y profundamente enraizado a  la historia de España.

En torno a 1577 Felipe II encarga a El Greco un cuadro que podría  darle entrada definitiva a la Corte. Por aquel entonces, pese a la calidad reconocida de su arte, El Greco vivía en un arrabal de Toledo y tenía muchos problemas para subsistir y, como añadido, para llevar sus creaciones adelante.

Se le encargó el martirio de un santo: Mauricio, del siglo III D.C , el líder de una legión romana que se opuso al emperador de Roma, el cual le  instaba a arrodillarse ante él y adorarlo como a un dios vivo, tras reunir a todas sus legiones en las Galias para sofocar una gran revuelta.

El cuadro en cuestión debía vestir las paredes de la basílica de El Escorial, ya un que hoy es una de las joyas de la historia  que abrió un nuevo estilo en pintura, -el manierismo-, fue motivo de un curioso enfrentamiento dialéotico entre el monarca y el pintor.

La  obra de teatro entrelaza ambas historias cuyo punto común es a libertad de elección y vida ante el poder establecido que busca aplastarlas y lograr por todos los medios posibles la obediencia y adhesión ciegas. La compleja y rotunda personalidad del artista fue puesta aprueba en medio de una encrucijada vital y artística decisiva: la valoración de aquel cuadro que podía llevarle a ser el pintor favorito del gran rey.

Alberto Herreros

 


 

 

SINOPSIS

El Martirio de San Mauricio y la legión tebana es el cuadro que pintó El Greco, por encargo de Felipe II, en un momento crucial de su vida. En el cuadro aparece un curioso episodio datado en los tiempos de la decadencia del Imperio Romano. La opinión del rey sobre la obra, determinará si El Greco cumplirá su mayor anhelo: Llegar a ser el pintor de la Corte del momento.

ARGUMENTO

El  Greco se dirige a El Escorial junto a Paravicino, un monje que apoyaba el talento del autor, para someterse al examen del rey. Está en juego su entrada en la Corte como pintor de cámara del rey. El cuadro trata de la historia de la legión tebana y su general Mauricio, un romano del S.III.d.C.

Mauricio y sus centuriones provenientes de Tebas (Egipto), talan árboles para construir la muralla de su campamento a su llegada a Suiza, donde han sido convocados para sofocar una revuelta,  cuando reciben la inesperada visita del emperador.

La obra cruza las historias de Mauricio en el siglo III, y las peripecias de El Greco, del siglo XVI y XVII en su visita al centro del poder    del   Imperio    Español:   El   Escorial.  Mauricio  y  sus  hombres   morirán,   bajo  el  peso de las hacha  de  las que  construían las  murallas que les protegían de sus enemigos, defendiendo sus convicciones y su dignidad.

El Greco, por su parte, espera ansioso el dictamen del rey a su obra propuesta.

 

ÉPOCA

1580 Impreio Español – El Escorial

La obra se sitúa en la España de Felípe II y su Imperio Español; un gigante con pies de barro. La primera potencia mundial que, paradójicamente, sufría tan grave pobreza, que el propio Cer­vantes luchó durante años por salir de la península.

Entre otras cosas, Felipe ll emprende, por entonces, la construcción monumental de El Escorial, como un eco del templo de Salomón en Jerusalén. Es la España de los místicos que surgen desde el caldo de cultivo de la contrarreforma, de la que el rey Felipe era el primer paladín y brazo derecho del papa. El Escorial es el núcleo de la fuerza de ese imperio, al mismo tiempo que de su vocación y orientación religiosa.

En ese contexto llega El Greco a España -a Toledo- en peregrinación desde la floreciente y artística Italia. Curiosamente, El Greco ha sido quien mejor ha entendido y plasmado el alma, la re­ligiosidad y las inquietudes simplemente mundanas de la España de La Época.

Toledo para él fue una ciudad complicada, fuente de grandes conflictos. Si bien en un principio se le abrieron   puertas, pronto los abusos hacia los artistas, desprotegidos y sinderechos, le hicieron mella y debido a su carácter orgulloso y reivindicativo, los encargos dejaron de llegar. Los pocos trabajos realizados llamaron, sin embargo, la atención del rey que le hizo el gran en­ cargo con el que dio un vuelco a su trayectoria artística, saliendo a la luz por primera vez su particular estilo, conocido como manierismo.

El Greco y Felipe II finalmente no se entendieron. El impresionante despliegue técnico e inter­pretativo del cuadro sedujo al rey que, sin embargo, se alejó definitivamente del artista por entender que, la visión del griego, no era suficientemente precisa, exacta y ortodoxa desde el punto de vista religioso.

AÑO 286 D.C. Imperio Romano: St Maurice (Suiza)

La historia que relata el cuadro, que cae más del lado de la leyenda que de la historia (aunque múltiples tradiciones la recogen como estrictamente real, hasta el punto de que varias regiones deben su nombre al santo en cuestión), se corresponde con un punto dentro de la etapa de larga decadencia del Imperio Romano.

Desde hacía siglos la mescolanza entre bárbaros romanizados y los ciudadanos originarios de la Roma ancestral era algo habitual, tanto como las sucesivas y frecuentes invasiones y rebeliones que amenazaban con fragmentar la unidad y cohesión de su poder. Los pueblos bárbaros invadían territorios romanos con frecuencia atraídos por su riqueza. Algunas de las provincias se sublevaban contra la lejana Roma, tanto por mera codicia como por lograr autonomía y protección contra amenazas externas.

Otra fuente de inestabilidad provenía del ejército que se había convertido en la fuente principal del poder de los emperadores, quienes debían ganarlo, conservarlo y mantenerlo con grandes dificultades. Dentro de ese convulso ambiente en el que los valores y caracteres de la Roma tradicional se diluían tan rápido como su unidad política y territorial, los cristianos aparecieron en varios momentos como un grupo social peligroso a eliminar, una mancha, un chivo expiatorio, un mal que debía extirparse para que Roma recu­perase su antiguo esplendor.

La historia de Mauricio contenida en el cuadro, deforma magistralmente teatral por El Greco, se sitúa en medio de esa circunstancia. El emperador Trajano Oecio, un hombre conservador, decidió que los cristianos debían realizarlos sacrificios propios de los ciudadanos romanos y que de no hacerlo, debían morir como herejes a la religión del Imperio. Poco tiempo después la si­tuación dio la vuelta y Constantino se convirtió al cristianismo. Pero en ese período, la perse­cución a los cristianos, con más o menos intensidad, estuvo realmente presente. Sólo dos siglos más tarde, el Imperio Romano, cuyo poderse había extendido con magnificencia, finalmente cayó en una de las muchas embestidas que llevaba acabo la horda bárbara, largamente y a duras penas contenida durante siglos, y que por fin, hacía caer desde sus cimientos a la milenaria Roma.

 


 

FICHA

Autor: Alberto Herreros.
Reparto: Ernesto Arias, Javier Albalá, José Luís Alcobendas, Jose Sospedra, Jose María del Castillo, Emilio Gavira, Javier Godino, Alberto Herreros, Rebeca Ledesma, Borja Luna, Daniel Muriel, Rodrigo Poisón, Bruno Lastra.(En este reparto están ya incluidos los actores que serán covers de los personajes principales)

Directores: Ignacio García, Natalia Mateo, Alberto Herreros, Maite Pérez Astorga.
Escenografía: Tiziano Santi.
Vestuario: Lorenzo Caprile. (Cornejo)
Iluminación: Jesús Almendro.
Fotografía: David Naval y Natalia Ferrufino.
Diseño Gráfico: Secil Topal y Carlos Ayani.
Producción Ejecutiva: Elena Lasa y Alberto Herreros.
Producción: Panicoescénico Producciones.

 

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