Sobre mi vocación y otras cosas…

 

Hace poco me encontré con una amiga que trabaja en una escuela oficial de danza, y me comentó que era increíble lo que habían bajado las solicitudes de inscripción de alumnos estos últimos cursos. Le pregunté por qué creía que ocurría eso, y me respondió que a causa de la crisis. Me quedé un poco perplejo y no pude evitar reflexionar sobre ello. Es posible que el motivo sean los precios de la matricula y mensualidades, y eso podría ser una explicación. Pero estamos hablando de una escuela oficial, donde los precios son más asequibles, así que no sé si esa es realmente la causa que explica el fenómeno en su totalidad. ¿Puede ser que en época de crisis nazcan menos vocaciones? Las personas que deciden emprender el exigente y dificultoso mundo de la danza suelen ser muy jóvenes, incluso niños, y supongo que la vocación es algo que brota internamente, algo así como una inclinación profunda hacía una actividad. No creo que tenga que ver con la crisis que esa inclinación surja o deje de surgir en un joven o en un niño. Es decir ¿qué tiene que ver la crisis con que haya más o menos vocación por la danza? Imagino, por tanto, que lo que explica que haya menos solicitudes de inscripción es que –por los motivos que sean- lo padres deciden no inscribir a sus hijos, o les persuaden para que ellos no lo hagan. Y eso ¿por qué puede ocurrir?

 

Yo, sinceramente, no lo sé pero me permito seguir reflexionando sobre ello. Vivimos en una sociedad donde lo importante parece ser que es el triunfo en términos económicos y lo fundamental la ganancia, el dinero y los beneficios económicos; porque no se deja de escuchar que es prioritario que la sociedad es generare riqueza. Las actividades más valoradas son por tanto aquellas que generaran más rentabilidad. Y si no la genera, tu actividad es considerada inútil. No sirve. Es, por tanto, una carga para la sociedad. Como quizá algunos lo crean de la danza y tal vez, por eso, algunos padres persuaden a sus hijos para que se dediquen a cosas que consideran más “útiles”. Esto podría explicar el porqué de la bajada de solicitudes de inscripción en la escuela de danza donde trabaja mi amiga. Quizá en época de crisis crezca ese miedo a que los hijos no se dediquen a algo “provechoso”, como tantas veces he oído decir.

 

El caso es que como lo importante son los beneficios económicos y el generar riqueza, el rendimiento se fundamenta en la competencia; en ser “mejor” que el que está al lado, para así vender tu producto, ganarse al cliente, conseguir el puesto de trabajo etc… Esto a priori no tiene por qué ser malo pero la sociedad resultante de ello puede ser muy peligrosa, injusta e inmoral; ya que, por una parte, la realidad es que no todas las personas comienzan desde el mismo punto de partida, ni tienen los mismos recursos y oportunidades de entrada; por otra, porque si lo importante es el beneficio económico, para conseguirlos supongo que la tentación de tomar “atajos” será muy grande y surge la corrupción; y por último se pueden alterar los verdaderos valores, ya que situando como prioritario esos beneficios se puede llegar incluso a justificar cierta explotación.

Seguramente el generar riqueza sea total y absolutamente fundamental, pero entiendo que siempre que contribuya a crear una buena sociedad, una sociedad “de calidad”; es decir una sociedad en que las personas, a pesar de las diferencias, convivan en armonía, estén sanas, sean más libres, mejor educadas y formadas, y con capacidad para ser felices. Y no se me ocurre otra manera de conseguir esto sino a través de reforzar y crecer en Derechos humanos, Educación, Sanidad y Cultura. Desde el punto de vista social las cosas que realmente son importantes se engloban en estos cuatro términos. Y todo, por tanto, debería ir dirigido a mejorar y fortalecer estos cuatro aspectos. En conclusión: la economía, la riqueza será fundamental, pero sólo si realmente va dirigida a posibilitar el desarrollo de estas cuatro cosas.

Pero resulta que está ocurriendo justo lo contrario. En esta realidad, parece ser que todo –incluso estas cuatro cosas- debe ir dirigido al crecimiento económico. Con esa disculpa y utilizando expresiones como que “no hay que derrochar” o “malgastar” o “hay que recaudar más”, no sólo se deja de invertir en estas cosas, sino que además se las cargan de tributos que imposibilitan su desarrollo.

Pero entonces, pregunto: ¿en manos de quien queda el desarrollo de estos cuatro pilares, que son esenciales para mejorar la sociedad? Pues yo creo que está, principalmente, en manos de las personas que se dedican vocacionalmente a alguno de estos sectores. A esas personas que, a pesar de las dificultades y los obstáculos, siguen desarrollando su labor cultural, educativa, sanitaria, etc, impulsados y mantenidos por su vocación. Por tanto, “la calidad” de esta sociedad -aunque quizá no debería ser así- depende, en gran medida, de esas vocaciones.

 

No puedo hablar de sectores que no conozco, pero referido al Teatro, que es a lo que me dedico, creo que es una actividad cultural inmensamente valiosa. Imagino que habrá personas que crean que es una actividad inútil, ya que no genera beneficios, y quizá desde ese punto de vista es cierto; no he conocido a nadie que se haya hecho rico haciendo o invirtiendo en Teatro. Pero lo que sí sé es que, aparte de los beneficios económicos, el Teatro puede ofrecer todo, absolutamente todo. Porque uno puede ir al Teatro a infinidad de cosas: a divertirse, a reírse, a emocionarse, a sorprenderse, a escuchar otros puntos de vista, a evadirse de la cruda realidad o a ver más certeramente esa realidad, a esperanzarse, a concienciarse, a aprender del pasado o a soñar con el futuro, a percibir posibles peligros, a dejarse invadir por la nostalgia, a instruirse, a profundizar en la condición humana, a conocer injusticias u otras realidades, a documentarse, a descubrir y descubrirse… a todo. Cuando alguien afirma “el teatro debe ser esto, o lo otro” siento que siempre tiene razón a la vez que creo que es una afirmación limitada. Porque insisto el Teatro ofrece TODO. Es tanto lo que puede ofrecer y provocar que a algunos les da miedo, sobre todo a los poderosos, y a los malvados porque temen verse expuestos, reflejados y señalados por la sociedad. Pero los que nos dedicamos a ello sabemos que, precisamente por todo lo que puede provocar y ofrecer, tenemos algo muy grande entre manos; porque es inmensamente útil, ventajoso y fructífero para las personas y para las sociedades. Por eso cuando sentimos que alguien lo ningunea, lo desprecia o lo dificulta intencionadamente, nos ponemos nerviosos, no damos crédito y nos encendemos; porque sabemos que el Teatro es algo muy valioso que hay que cuidar, mimar, defender, usar para ser felices y mejores -tanto individual como colectivamente- y fomentar para ayudar a construir esa sociedad “de calidad”.

 

Pero lamentablemente el valor del Teatro no lo sustenta. Ojalá fuera así. Qué maravilla sería si en este mundo la valía de algo sirviera para su sustento. Pero insisto, desgraciadamente no es así, como he explicado antes, parece ser que hay otras prioridades. Y el Teatro necesita de un oxígeno para sobrevivir que no es otro que la vocación de los que lo hacemos. Nos gusta tanto, sentimos tanta pasión por ello, que nos empeñamos en hacerlo a pesar de las dificultades.

 

En algún sitio leí que la verdadera vocación al realizar una actividad se demuestra cuando se dan dos cosas: por un lado el disfrute, placer o gozo que genera desarrollar la actividad, y por otro el rigor que se emplea en ello. Si alguna de ellas falta parece ser que no se estará realizando la actividad con verdadera vocación. Me aplico, por tanto, la siguiente conclusión: si es cierto que mi vocación puede servir para el sustento del Teatro, debo ser extremadamente riguroso, a la vez que tengo que disfrutar lo máximo posible. Ambas cosas son igual de necesarias. Mi disfrute, por tanto, no es un premio o un regalo que me ofrece esta labor. Es una responsabilidad: tengo que disfrutar, tengo que posibilitar que mis compañeros disfruten, y lo más importante, tengo que poner atención en no dificultar su disfrute. Ya que haciendo todo esto estaré contribuyendo a la existencia y sostén del Teatro, y por lo tanto a mejorar la sociedad.

 

Pero además mi vocación no sólo es útil para todo esto, sino que incluso me protege. Hoy en día dedicarse a cualquier cosa es complicado. Todas las ocupaciones tienen sus enormes dificultades, y cuando las cosas no van bien, cuando parece que el sistema no funciona, cuando las dificultades y la falta de recursos son tan grandes, es muy fácil caer en el desencanto, desánimo, abandono y terminar hundido. La única tabla de salvación es tu vocación. Es mucho más fácil mantener viva y encendida la llama de la ilusión si tu actividad te ofrece una fuente de disfrute. Por eso, inducir a los jóvenes a que no se dediquen a algo por lo que sienten vocación puede ser muy perverso.

 

No sé cuál será la fuente del gozo, del placer, que sienten los demás al hacer Teatro, pero sí tengo muy claro de dónde me nace a mí y –ya que estoy en ello- aprovechando la oportunidad que me brinda madridesteatro.com voy a compartir de dónde nace mi disfrute al hacer Teatro. Son las verdaderas razones por las que soy actor. Siempre han sido un poco “mi secreto” porque nunca me he atrevido a hablar de ello, pero en realidad es algo muy sencillo que no tiene nada de misterioso, y quizá sea el mismo motivo por el que todos los actores y actrices son actores y actrices; con lo que posiblemente “mi secreto” no sea muy interesante. Pero, en fin, es mi vocación, son mis razones y ahí las dejo por si resultan útiles o inspiradoras para alguien que las lea.

Parece ser que la búsqueda de la plenitud es una constante en el ser humano. Seguramente sea una necesidad de la condición humana buscar momentos, instantes de inmensa plenitud. Momentos mágicos donde uno pueda sentirse encendido, vibrante, exuberante y pletórico. Momentos que la gente persigue haciendo ese tipo de actividades como deportes de riesgo, viajes buscando aventuras, coleccionar objetos, subirse a montañas rusas, salir de fiesta, realizar algún tipo de hazaña como subir una dificultosa montaña, sentarse delante del televisor para ver si el equipo al que sigue gana la competición… No lo sé… sólo creo que las personas necesitan sentir, y sentirse inmensamente vivas.

 

Yo soy actor exactamente por lo mismo, por una cuestión de sensaciones y de liberación. Todo se reduce a que cuando estoy en el escenario, cuando actúo, vivo con mayor plenitud, me siento completo, pletórico, en vitalidad máxima. Allí mi ser se engrandece, mi conciencia se acrecienta, y todo lo vivo más profunda, intensa y plenamente. Y no es una cuestión narcisista, egocéntrica o por necesidad de exhibición o de reconocimiento y aplauso. Estar expuesto, la mirada y presencia del público es esencial pero no para satisfacer esas cosas. Me explico, si yo hago una escena con otro compañero, ocurra lo que ocurra entre los dos (personajes), cuanto más pleno, cuanto más intenso y más vivo sea, más interesará, envolverá y emocionará al que lo observa. Es esa viveza e intensidad lo que a mí me resulta maravilloso y, por tanto, lo que persigo; no la necesidad de exhibirme.

 

En el escenario es imprescindible poner todo tu ser al servicio del momento, del instante que estás viviendo. En la vida todo se vive más “cotidianamente”, porque las situaciones que vivimos son casi siempre cotidianas y pasamos de puntillas por ellas. Pero en el escenario incluso lo cotidiano es especial y hay que vivirlo con toda la atención y plenitud. En la vida también ocurre que muchas veces sujetamos nuestro comportamiento, bien por condicionamientos sociales o bien para que obedezca a las normas lógicas de convivencia, y por tanto limitamos nuestras vivencias y sensaciones. Por ejemplo, cuando mantenemos una conversación con alguien podemos no mirarle fijamente a los ojos, podemos desviar la mirada, y es más, seguramente lo hacemos por cuestiones de pudor o educación; y por lo tanto evitamos mirar directa y penetrantemente a nuestro interlocutor. Pero en el escenario no queda más remedio que mirar profundamente a nuestro partenaire, e impregnarte de él a través de la mirada, y es imprescindible percibirlo sensorialmente de una forma intensa. Y eso con todo: mirar, tocar, besar, susurrar, gritar, reír, llorar, declararte a alguien derretido de amor, sentir el peso de la angustia, percibir el dolor, sentir miedo, gritar de placer, disfrutar maquinando venganzas, llorar de alegría…. Soy actor y el escenario me ofrece la posibilidad de liberarme, de dejar de sujetarme y me brinda la oportunidad de abrirme y dar rienda suelta a mis sensaciones dejando que broten todo tipo de emociones. Y eso me gusta, me gusta mucho, me entusiasma tanto revolverme en el fango de la tragedia y de la desesperación, como volar de felicidad. Disfruto dejando brotar mi ira, y también disfruto teniendo miedo, y también disfruto riéndome con toda la energía, y también disfruto sintiendo envidia maliciosa, y también disfruto deseando seres inalcanzables, y disfruto soñando, y disfruto de la perplejidad, y de la angustia, y de la risa, y disfruto del sentimiento del ridículo, y disfruto bailando y cantando a plena voz, disfruto… disfruto… y mi disfrute mantiene mi ilusión a pesar de las dificultades, incrementa mi vocación que contribuye al sostén del Teatro y ayuda a crear una sociedad “de calidad”.

Disfruten compañeros.

Ernesto Arias

 

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