Ron Lalá por Richard Collins-Moore

 

Hace poco me publicaron un artículo en esta página web. En dicho artículo me puse quejica por no haber podido ver una mierda desde un palco imposible en el Teatro de la Comedia. Pues, he vuelto al mismo teatro para comprobar que desde la fila 12 del patio de butacas – como un señor – he llorado como una Pepa, viendo a los Ronlalá.

Por este motivo vuelvo a ofrecer un testimonio a esta revista virtual que, siendo de interné, no va a estar ahí al lado de las típicas maquetas por fascículos. Ya sabéis: “Primera entrega por 1 euro 50, pero cuando estás a punto de acabar la dichosa nave espacial de mierda ya te están cobrando 4 euros, y eso que es un pieza tan minúscula que casi te sale más rentable comprarte una impresora 3D, y te dices a tomar por culo esas editoriales de marras que, apelando al espiritú do it yourself que todos anhelamos, siempre nos acaban timando.”

Este artículo va de homenajes. Lo entrecomillado de arriba es intencionado, ya que quiere llegar a ser un homenaje a Jack Kerouac. Ese señor que se puso a escribir en un rollo de papel interminable, hasta que se acabara el camino que había tomado su imaginación. Esa especie de escritura bulímica: ese “stream of consciousness”, también terreno que se pusieron a conquistar tipos como James Joyce y Virginia Woolf.

De homenajes va esto, pues. “Cervantina” es la obra-homenaje que presenta de la compañía Ronlalá hacía la figura de adivínese quién (que tampoco cuesta tanto…)

Ronlalá. Venga, lo voy a decir dos veces.

Ronlalá.

Nombre que pronunciaría con ese ligero suspiro susurrado, y que nace de una admiración de esas que se tienen que proclamar sotto voce, por si uno puede parecer una histérica perdida. Soy de esos que suele huir de cualquier atisbo de la hipérbole, pero tengo que confesar que mi admiración hacía la compañía Ronlalá se ha manifestado más de una vez en medio de lloriqueos un tanto exagerados. No sé: es como una especie de orgullo de madre.

Voy a fardar un poquito. A la compañía Ronlalá, la conozco desde sus tiempos de lactancia. Los vi en una sala nefasta de esas de columnas tocacojones que no te dejan ver según qué cosas. Por algo será que dicha sala pertenecía a la entidad bancaria que más ha meado en la boca de mogollón de ciudadanos españoles. Una pista: antes se llamaba Caja Madrid. Tenía una sala de actos donde difícilmente veías nada desde cualquier perspectiva, con un escenario minúsculo de suelo de parqué feo a más no poder, en la Plaza Cataluña de Barcelona. Me acerqué a verlos porque conocía, por compartir escenario en otra producción, a uno de sus integrantes; el bueno de Juan Cañas.

Menuda función. Olía a buenísimas intenciones (no sé si me explico). El título del chou era perfectamente olvidable, por largo de cojones. Algo de un limón y un gorrión. Y vete tú a saber con qué propósito se encontrarían estos dos elementos en una misma frase. Los actores-músicos eran más majos. Asquerosamente jóvenes e ilusionados. Recuerdo ir al camerino después a saludarles y hacer ver como podía que había entendido una mierda. Eso que pillas a chavales a medio vestir y añoras los tiempos de cuando tu torso joven habría sido como los suyos. Advierto: cuidaos bien, señores maduretes, que las tetillas acechan cuando menos te lo esperas.

 

 

Aquél espectáculo era un potpourri loco porque sí, de mucha poesía, procedente – en gran parte – del bueno de Álvaro Tato que escribía (y sigue escribiendo) poesía.  El limón y su colega gorrión – que juntos dieron luz al logotipo de la compañía – formaban parte de un espectáculo que, tal como veía yo, prometería poco en términos de rentabilidad. Quiero decir que me imaginaba que aquello no se “distribuiría” ni a patadas.

 

Entonces eran cuatro. El poeta Álvaro Tato. Mi querido Juan Cañas, con esas uñas de mano derecha que sólo pueden tener los guitarristas de flamenco o los de las tiendas de alimentación y frutos secos. Miguel Magdalena – “el Peri” también guitarrista de uñas que despertaban cierto respeto pero, sobre todo, de voz ronca permanentemente al borde de la quiebra. Aún así – no sé cómo lo hace – afina a la perfección. Y, por último, Iñigo Echevarría. De cuerpo larguirucho rozando lo anoréxico que atesoraba una voz profunda, radiofónica de madrugada, de fuelle y profundidad poco acorde con la pobreza de su caja torácica. Iñigo es incapaz de decir una frase perfectamente anodina sin que percibas un subtexto rollo ven aquí que te pongo orientado hacia Cuenca”.

En algún lugar de su historia se amplió el elenco. Llegó un ángel con nombre y apellido de Daniel Rovalher y de mote El Boli. Al Boli éste le pones cualquier trasto musical en sus manos y a la semana ya se ha hecho virtuoso. Boli que si canta en todas las tesituras que le mandes, Boli que si actúa en los registros que le exijas, Boli que si vis cómica, Boli que si baila…. Si no fuera yo de naturaleza más bien pacífica sería capaz de organizar un evento en Facebook bajo el título “Hoy matamos a Boli” por lo asquerosamente talentoso que es. Si no recuerdo mal, el Boli este de los cojones llegó a Ronlalá por recomendación de un tipo que se llama Yayo Cáceres. Este último llegó un buen día a poner orden entre los limones y los gorriones. Otro listillo….

Mientras uno se puede fijar en la mano derecha de Juan y Miguel (por las uñas y tal), con Yayo Cáceres hay que fijarse en su mano izquierda. Yayo fue tenista zurdo de vocación en su querida Argentina. Por ello tiene la mano izquierda más desarrollada. Es una mano grande, grande. Será con esa mano que ha dirigido a esta compañía de chavales de inmenso talento, con tanto olfato y tanta visión.

 

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Ahora Ronlalá son seis tíos inmensamente afortunados sencillamente por haberse conocido. Han pasado veinte años exactamente desde que se presentaron en sociedad en una sala de fiestas madrileña  un 18 de enero de 1996. Son años, vale, pero con cada paso que dan es tan extenso el terreno recorrido que yo al menos me pregunto cuándo demonios tienen tiempo para – yo qué sé – vivir, ser padres, tomarse cañas y otras cosas que también hacen, los muy hijos de sus musas. Así que, sírvase esto como homenaje a ellos en su vigésimo aniversario.

 

Y a modo de posdata advierto que, mientras tanto, ellos homenajean a Cervantes con el estilo jovial, jocoso y jodidamente bueno que les caracteriza con la obra “Cervantina” en El Teatro de la Comedia. Pillaos unas buenas butacas ya, que como os toque la segunda fila de un palco pegado al escenario no veréis una mierda.

Sobre la obra “Cervantina” se me ocurre la palabra “asombrosa”. En general no me atrevo a hacer valoraciones sobre los contenidos de las obras teatrales. La experiencia teatral es, como el DNI, personal e intransferible. No obstante, os pido que si me hacéis caso y vais a por la entrada que os fijéis especialmente en el que fue el momento más emocionante de la función para este servidor. Quizás, y encima, es la escena menos elaborada. Están los cinco actores sentados en sendos cajones flamencos de cara al público presentando en una especie de resumen urgente de labores varias, libertarias, libertinas, y deliciosamente libres de Cervantes a las que no han tenido tiempo suficiente para dar un tratamiento más extendido. Ahí se me hizo un nudo en la garganta; lloré como una Pepa. Y como un señor en el patio de butacas. Perder “Cervantina” sería una penita. Y ya acabo con una felicitación de corazón:

¡Felices veinte años chicos! A por veinte más. Y a ver si os engordáis de una vez.

Richard Collins-Moore

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Cervantina se representa en el teatro de la comedia

Alvato Táto escribió en nuestro BLOG. EL ARTE NUEJO DE HACER COMEDIAS

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